Me importa un copi



Por Denisse Karmaclismo Humo


Capítulo 1

""¿¡Qué vas a hacer!?
Cuando alguien apriete el botón..."
Miguel Mateos

La vida de una escritora es decadente, penca, amarga. 
Soy Romina Illanes y me considero escritora, porque escribo desde que tengo uso de razón y motricidad para sostener el lápiz. 
Al cumplir siete años llegó mi primer diario, lo sé con certeza, aún lo conservo. Desde ahí comencé a conversar conmigo. Es lo que hace un escritor, busca compañía en sí. La soledad da tiempo para desarrollar las ideas. Y, si no hay con quien conversar, le escribes al papel tus tristezas, complicaciones existenciales de la tenue pubertad, sensaciones de abandono, las incomprensiones de los adultos, el aislamiento de tus pares por no homogeneizar con ellos. 

 La vida del escritor promedio; no me refiero a la lumbrera, la vaca sagrada, o el apitutado desde la cuna; es realmente desastrosa. Desórdenes mentales, emociones compulsivas y dispares, ficha clínica y, de seguro, internaciones, sí de verdad tienen cosas que contar.
 Miseria, ruina, pobreza, incomprensión, competitividad, y rivalidad entre los colegas, resentimiento y rechazo de los parientes. Y, finalmente, suicidio o una enfermedad lastimera y bizarra, debido a los excesos con los que sobrellevamos nuestros destemplados temperamentos, destrozados por completo por el sistema, que en todo occidente es neoliberal y clasista, doloroso para el "sensible".
Sin contactos, el creador es desahuciado, el artista muerto y el talento oculto.

Nunca me creí artista, aunque siempre fantasee con serlo. Debí aplicar los factores al revés. Creerte el cuento es el primer paso para vivir en el cuento. Y, es cierto, el pensamiento crea realidad. Si creo ser algo termino interpretando el personaje. Eso es la personalidad, una pila de calificativos que te etiquetaron desde tus primeros atisbos de conciencia, familiarizaron contigo y limitaron, coartaron, estructuraron y dirigieron tu "yo", tu esencia, tus instintos, tu temperamento.

Yo danzaba por el living comedor de mi casa, cuando mi madre me sugería que estudiara Ingeniería comercial para ser gerenta general, como su jefe. No eran conversaciones para que una adolescentes guiara su futuro, tenía seis años. Tampoco era maldad, o querer cortar mis alas, era simple impotencia y pobreza, era necesidad, deseos de tener suficiente para no seguir pasando penurias económicas, como era común en mi familia. 

Mi ordenada y eficiente madre y mi esforzado y deseatructurado padre, se partían el lomo para sostener el sobreendeudamiento y dar de comer a mí hermana y a mí, con sus sueldos mínimos. 

¿Con qué tiempo descubrirían y potenciarían nuestras destrezas, si ni nos veían?
Llegaban muertos, nueve o diez de la noche, con rostros de cinco metros, pues el cansancio desnuda la amargura del pobre, del negreado.
Yo no veía a mis papás, veía a mi abuelita, a mis primas, a las tías del jardín infantil, a mis catorce nanas, pero a mis viejos... 
Es normal en las familias chilenitas, no soy más víctima que la mayoría de las infancias de Chilito.

Tal vez pude rebelarme, como muchos. Seguir un camino artístico, aperrar, ser busquilla, luchar por mi convicción. Pero, la verdad, tenía cero convicción. Sólo muchas libretas garabateadas de emociones impulsivas y frases cargadas de tensión y sentimiento.
Ortografía y sintaxis nulas, y una caligrafía deplorable, pues soy zurda, siniestra, contraria hasta en las destrezas psicomotoras. Así lo demostraban mis cuadernos de escuela, pintados de manchones. Mi mano se arrastraba tras los apuntes ya escritos, borroneando y ensuciando sus inmaculadas páginas. 

Las calificaciones sobre el orden en ellos demoralizaban más mi talante como posible narradora, cuentista o poeta.
También reconozco mis pocos virtuosos comienzos. Mis cursis versos e ideas cliches. Tal vez me intimidó la mediocre enseñanza de que, si no hay perfección desde la base no hay talento.
El talento, como la pulcritud y la agudeza, se cultivan. Eso lo aprendí a porrazos y en el camino.

Mucha confianza no tenía, no destacaba en el colegio, más bien era del montón. Salvando el seis raspado. Escondiendo mis inclinaciones por el baile y canto, congelada en mi callada timidez, producto de complejos físicos cultivados en la niñez y adolescencia. Gracias a las opiniones de los adultos cercanos y burlas de mis compañeros de escuela.

Mi gran momento de gloria fue en un ensayo de PAA. Catalán I; el profesor jefe de la media; me nombró a viva voz, con sorpresa y emoción, como el segundo mejor puntaje del curso en verbal (obvio que después de la Chany, la más matea de la generación y coreografa oficial de las Canapé). 
Mi reflejo al ser nombrada en público fue enterrarme en el pupitre. Luego, la luz de orgullo por ser la primera vez en que destacaba por algo académico, se ocasó en el pudor. Sonreí y agaché la cabeza, hecha un tomate, para diluirme en el último banco al final de la sala.

Pocos han tenido fe en mí, así que fue un aliciente para sentirme destacada, o buena para algo. 

Recuerdo que mis compañeras pedían mi ayuda en los "terminos excluidos" de los facsímiles y mis notas eran sobresalientes en los ramos humanistas. 
Así mantuve a flote mi seis pela'o, pues las asignaturas científicas decaían mi promedio. Al punto de que el profe de Biología, hombre criterioso, cachando que era ñurda en su ramo, agregó dos décimas al morado de mi coeficiente dos, para que aprobara su curso. Por otro lado, la vieja nazi de matemáticas (era rubia, de apellido alemán y se creía aria), disfrutó poner el 2.0 (a pesar de amenazarme con el uno. Lo que no pudo cumplir por la normativa), ante mi acto de rebeldía de entregar su prueba global en blanco, el segundo trimestre de cuarto medio. Nunca comprendí la geometría, sólo recuerdo el sueño que me daban sus clases, pero no por talento personal, las matemáticas siempre fueron un somnifero para mí.

Bueno, de mi vida universitaria o laboral no voy a hablar. Ya estoy hecha un nudo tratando de ordenar los recuerdos de forma coherente, no necesariamente en cronología, de esos desastres de etapas, en mi próxima novela. 
Tampoco de mis desamores, de lo que están poblados mis poemas, publicados en mis redes; charchas, cursis, pero que desahogaron mi frustración en su momento.  

Vengo a hablar de la última desilusión, la que rebalsó el vaso de impaciencia, ya repleto, pero que, con cada ilusión nueva, extendió un poquito su borde, subía unos centimetros evitando el rebalse. Ya no dio más. 

Sí, esto es autotutela, un ajusticiamiento. Me importa un copi que me digan Baby Reno, a la que desconozco gracias a Prometeo, o Miau Astral. Si me funan ya no me importa.

 Cuántas veces me han matado socialmente. Cuánto justiciero al peo, disfruta las detenciones ciudadanas, las funas masivas, el circo romanos, todos contra uno.
Cómo goza, el ciudadano, apuntando, pegando tomatazos, o piedrazos, al político trucho de turno. Y, ¡sí!, es que el resentimiento quema por dentro al chilenito. Lo somos y envidiosos también, y yo pongo el pecho, soy la primera en reconocer esas cualidades en mí.

La verdad, ya estoy cansada de luchar contra esa ánima etérea y descarnada que es la sociedad. Contra los profesionales codiciosos de derecha, o los elitistas de izquierda. Todos sacan su tajada. Y, hasta el más hippie o anarco, con buenos contactos y haciendo lobby, se vuelve del mismo lodo. 

¿Qué más patético que un asistémico apitutado?

Este ajusticiamiento no es contra la sociedad, ni contra el sistema, ni el Estado, ni el gobierno. Ya no me importa tantos fantasmas intangibles. Me voy contra mis hermanos, mi sangre, los traicioneros, los que se vendieron. Les tiro a los humanista chilenos y no me va a temblar la mano. 

Me cansé de las burlas, el bullying y el ninguneo. Sobre todo del último gremio que vengo conociendo, en general, y en particular a uno, a un saco de pelota, narcisista y engrupido, medio cobarde, que se esconde detrás de su séquito de ramones
Este texto va dedicado.

Así nomás, Como siempre, como me gusta, yo contra todos, contra el mundo, lo que me ha hecho fuerte.


@karmaclismo_humo





Comentarios

Entradas más populares de este blog

Capítulo 4 Me importa un copi

Bus hacia el Olvido